Geometría de una revolución

No es un grito, es un aullido. Cuando Novak Djokovic destrona 6-2 y 7-6 a Rafael Nadal en la final de Montecarlo, tiemblan sus pulmones por el alarido, se remueven los cimientos de su deporte —el mallorquín cede tras celebrar ocho trofeos seguidos— y se lanzan los biomecánicos a explicar cómo ha sido posible su golpe de estado.

La revolución de Nole, que tiene cinco puntos para propinarle un 6-0 sobre tierra a Nadal, se argumenta desde la física. El español ha construido su brillante currículo sobre la intensidad de sus piernas y las heridas que abre en el revés de sus contrarios su derecha de altísimo bote. El número uno no sufre lo primero y le niega al número cinco lo segundo. Durante el torneo, los contrarios del mallorquín golpean a una media de 1,28m de altura, incómodos, desbordados, obligados a esfuerzos agotadores por encima de la cintura. Nole, de increíble timing, doma y devuelve la pelota de Nadal a 1,06m, cuando aún está subiendo. Donde los demás se defienden, él ataca. El español, orgulloso en la defensa de su título, fuerte como para plantear un segundo set de fuego en el que se adelanta dos veces, no encuentra remedio. Exigido por los brillos de su rival, firma 43 errores no forzados, cede el servicio en blanco cuando sirve por la segunda manga y ve cómo Nole deja Montecarlo convencido de algo que antes no tenía claro: Roland Garros (desde el 26 de mayo), el único grande que le falta, ahí donde Nadal ha ganado siete veces, puede ser suyo en 2013.

“Los primeros seis, siete u ocho juegos fueron increíbles. Es lo mejor que puedo jugar en tierra”, admite el serbio, de menos a más en un torneo que empezó lleno de dudas, mimándose un tobillo dañado. “Para mí es una semana positiva”, le continúa Nadal, que firma tres títulos y dos finales desde que se reincorporó al circuito tras siete meses lesionado con una rotura parcial de ligamento rotuliano y una hoffitis en la rodilla izquierda. “No me pude entrenar durante tres semanas en Mallorca. Hoy \[por ayer\], él fue un poco mejor que yo, y no se le puede ganar sin estar completamente en forma”, añade. “Espero que tendré otra oportunidad de jugar contra él. No estuve tan lejos. Esto no es una tragedia, es deporte”, continúa. “Necesito jugar todos los puntos con la misma intensidad. Me canso más rápido que antes. Aún necesito tiempo. Creo que hay el suficiente de aquí a Roland Garros”.

Este es un tenista que ha hecho un calendario arriesgado para protegerse la rodilla izquierda. Tras siete meses lesionado, Nadal compitió poco más de uno a partir de febrero (balance: tres títulos y una final) y volvió a parar otro (se saltó el Masters 1000 de Miami) en el que no se entrenó todo lo que habría querido porque se trató la articulación y eso le dolió más de lo previsto. Sin los pulmones al ciento por ciento, el mallorquín llega hasta la final de Montecarlo amparado en su leyenda. Le falta chispa ante Dimitrov en cuartos y ante Tsonga en semifinales. Sin la fuerza de siempre en las piernas, le cuesta más rodear la pelota para tirar con su derecha, sufre donde normalmente gobierna (las dejadas) y no puede imponer el alto ritmo de crucero con el que suele ahogar a sus contrarios para conseguir sus victorias. Con la espalda recorrida por una cinta, saca por debajo de su nivel frente al restador más acreditado del circuito, que solo le permite ganar un 31% de los peloteos que inicia con su segundo saque. Ante Djokovic, Nadal intenta levantar un muro. El serbio, decidido, agresivo e imperial, pronto lo llena de grietas.

Nadal debe jugar ahora el Godó de Barcelona, donde debutaría el miércoles, y después Madrid y Roma. Sin embargo, todo su calendario en la gira de tierra está pendiente de dos cosas. Su cuerpo y la preparación de Roland Garros. Pensando en París, Djokovic ha encontrado un trampolín en el sitio más especial para su contrario. El serbio es el único tenista que ha conseguido ganar al español en los tres Masters 1000 que se disputan sobre tierra (Madrid, Roma y Montecarlo). Ayer rompió una racha de tres derrotas seguidas ante el mallorquín. Frenado por la lluvia el año pasado en Roland Garros —el aguacero obligó a suspender la final cuando la dominaba; Nadal consiguió con fiereza el título al día siguiente— su candidatura al título de París queda reforzada. Queda más de un mes para esa cita: tiempo de sobra para que los dos rivales lleguen en su punto máximo y sigan protagonizando un pulso titánico.

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