Sergio Asenjo: «No tengo ningún motivo para dar pena»

Sergio Asenjo (Palencia, 27 años) persigue su destino en una profecía de su presidente, Fernando Roig, el mandamás del Villarreal y dueño de las cerámicas Pamesa además de accionista relevante de Mercadona. «Mira, Marcos Senna no fue campeón de Europa hasta que no le operamos las dos rodillas». El sol luminoso del Mediterráneo cae a plomo sobre la coqueta ciudad deportiva del club amarillo y Asenjo cuenta la anécdota mientras camina con normalidad por el complejo que agrupa gimnasio, varios campos de entrenamiento, una residencia para los chavales de la cantera y las oficinas del club. El portero es un caso único en la historia del fútbol. Se ha partido cuatro veces el ligamento cruzado de alguna de sus rodillas (tres en la derecha y una, la última, en la izquierda). El cruzado es la articulación a la que sienten pavor los futbolistas, ya que la operación y rehabilitación suele conllevar siete u ocho meses de espera para jugar de nuevo. Como si de un esguince se tratase, Asenjo se enfrenta a su cuarta convalecencia. El pasado lunes habló con ABC. «Soy portero por un entrenador que tenía en el equipo de mi barrio en Palencia, el Sanjuanillo. Como todos los niños, yo quería meter goles, pero este entrenador me advirtió de que tenía más condiciones para ser portero. Lo probé, me gustó mucho y hasta hoy». La presentación no alberga elementos que inciten al escepticismo. Una historia normal de un muchacho normal que ha llegado a la elite. Asenjo es el portero del Villarreal, fichaje de relumbrón del Atlético hace siete años (4,5 millones y la cesión de Diego Costa), pasajero de 170 partidos en Primera e internacional (un encuentro contra Bosnia) con la selección española. Esa es su hoja de servicios cuando las fracturas o los quirófanos no se interponen en su camino. Sobre él anunciaron los profetas un futuro esplendoroso, a la altura de Casillas o así. Un ligamento ha enturbiado los vaticinios. «Di el salto muy joven. Con 18 años me llegaron muchos halagos de golpe y para mí fue un honor que me comparasen con Casillas, al que considero el mejor portero de la historia. Hay una distancia abismal entre él y yo». Precoz en casi todo, también en la fatalidad, el guardameta rememora sin un ápice de duda su retahíla de lesiones. El caso merece detenimiento y él accede. «La primera sucedió en mayo de 2010. Fue contra el Sporting de Gijón en un salto con Bilic, cambié la trayectoria y al girar me di cuenta de que me había hecho daño. Era mi primera lesión y una incógnita. No sabía a lo que me enfrentaba. Todavía me estaba resultando difícil el cambio de Valladolid a Madrid y era un año complicado porque Quique (Sánchez Flores) ya había puesto a De Gea». El proceso para volver Lo desconocido pasó a convertirse en su rutina. El quirófano, la escayola durante las primeras semanas, el incipiente dolor al soltar el drenaje, el sótano de la clínica Cemtro con su arsenal de máquinas de rehabilitación, el potro para doblar la rodilla, el extensor con peso, las jaulas para forzar la articulación, la bicicleta estática, las manos del fisioterapeuta… Y siete meses después, el reingreso al fútbol. Cedido al Málaga, el portero nunca se sintió plenamente restablecido. Eso explica. «Casi deseaba lesionarme otra vez. No estaba a gusto con la rodilla. Lo notaba en ejercicios, saltos, recepciones. Siempre he pensado que lo mejor fue romperme de nuevo». El 7 de febrero de 2011, en un Sevilla-Málaga, un mal apoyo cuando defendía una ofensiva sevillista lo tumbó. El mismo cruzado en la misma rodilla. «No necesitaba hacerme pruebas. Ya sabía que era lo mismo». El doctor Pedro Guillén le injertó el ligamento de un cadáver y le explicó que la recuperación sería más larga. Nueve o diez meses. «Después de la segunda lesión necesitaba volver a sentirme bien con la rodilla -cuenta-. Lo pasé muy mal, lloré todo lo que tenía que llorar y me refugié en mi familia, mi novia, mis amigos… Pensé mucho y me convencí de que no tengo derecho a lamentarme. Me gusta mucho este deporte, la portería, mis compañeros…». Diez meses después creyó que su cúmulo de fatalidades había cesado. Volvió a jugar el 26 de noviembre de 2012 en el Bernabéu, recambio de un portero soberbio (Courtois) que lo relegó a la suplencia en el Atlético. Cinco años sin lesiones reconstruyeron la confianza de Asenjo en su rodilla derecha. Eso y la regularidad en su nuevo club, el Villarreal, al que lo traspasó el Atlético. «Tenía tanta estabilidad funcional y tanta confianza del club que me volví a sentir aquel portero del Valladolid». Pero el 30 de abril de 2015, los alaridos desgarraron el estadio del Villarreal. Silencio y dolor. Asenjo se partió por tercera vez el cruzado de su rodilla derecha contra su exequipo, el Atlético. «Fue un salto con Raúl García en un córner, se me quedó bloqueada la pierna izquierda y al caer sobre la derecha, sentí el crujido. Fue la peor lesión de todas y la más fea. Fue un gesto brusco y un dolor horroroso». Diez meses de nuevo en la clínica no alteraron a Asenjo, que ha renovado cinco años con el Villarreal y nunca ha acudido a un psicólogo. «Yo sonrío siempre, es la mejor actitud frente a la vida y las lesiones. Siempre pienso en trabajar y recuperarme. No me gusta dar pena, no tengo ningún motivo para dar pena». Faltaba el estreno de la rodilla izquierda, calamidad que sucedió el pasado 26 de febrero en un salto con Benzema. Su cuarta rotura del cruzado. «Llevaba un año para enmarcar, pero...», se consuela el portero, cuya voluntad resulta inquebrantable en esta vida de hospital y gimnasio. «Ya ves que voy muy bien -dice mostrando su rodilla-. Solo queda trabajar, trabajar y trabajar».

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